Laila's Journey

Irremediablemente, La Princesa Laila, con el pétalo blanco de aquella flor que pensaba muerta, en su mano, pensaba en las maravillas del recorrido y que la desolación del desierto mismo la atrajeron ante el paraje tranquilo del Oasis que la rodeaba, al dejarla vagar solitariamente por el aire, pudo ver el recuento magistral de su vereda.

Todo parecía desolado, como si de pronto al despertar de una largo sueño de repente estuviera en el centro mismo del desierto, conciente y de rodillas desamparada. Contemplando los cuatro puntos cardinales, solo viendo el horizonte lleno de dunas y vendavales ocre, cuidadosa de la tormenta de arena que se aproximaba. “Sola, completamente sola”, no dejaba de pensar a la misma vez que la misma tierra que cubría el aire y ciñera su visión la hacia caminar en círculos, sin reconocer mas que su soledad que mas que colaborar la hundía en la mas grande desesperación. Siete días después internando se en el Hutama la pesadumbre y el dolor del fuego consumían los ánimos y la búsqueda del sendero a la libertad del amor sincero, tras el constante movimiento en círculos cada vez mas largos, desde el Este una fuerte ráfaga derribó el andar, al mirar al cielo confuso por la tormenta misma en su gran festín grito con las palmas elevadas y misericordiosas -allah ho Akbhar-. Tras le último sonido la tormenta poco a poco se apagaba, indistintamente como había empezado, con la vista pendiente al Este, precisamente cuando el sol nacía en el horizonte, un pétalo pequeño y blanco de gardenia revoloteaba por el aire todavía rebelde pero parsimonioso, y mientras mas se acercaba una agitación se llenaba en el corazón, y cada vez que la pequeña y brillante hojilla se aproximaba, el aire bajaba de intensidad, hasta que en el impulso de contener ese danzante pétalo, logró calmarse el ambiente.

Con las Nubes despejadas y dispuestas a no perturbar mas los sueños de saber a donde va uno, Laila decidió seguir el nuevo sendero del petalillo aquel de Gardenia, sabiendo bien que no sería fácil pues la tormenta había dejado sus estragos por doquier y el camino no era el mas fehaciente. Al termino del día sin contratiempos, en un claro de luna en su ambiente propio y seguro se dispuso a descansar, y bajo el adormecedor y paliativo aroma de nardos insensibles mas que por el aroma hicieron que Laila se quedara prendida de aquel sueño en que los rizos y los brillos de mundos inimaginables le trajeron calma por un tiempo determinado, cuando un sonido tranquilo la despertó.

Existe la extraña sabiduría de la naturaleza, que en el extraño mundo del desierto se le designa como Oasis, un paraíso lleno de extrañezas placenteras y de vida dentro de la muerte. El primer contacto visual que Laila tuvo con ese Jardín secreto lo tuvo con los arbustos frondosos y mas que verdes que se dejaban deleitar de la deleitable brisa que el manantial azul verde le proporcionaba, y con el parsimonioso sonido de la vegetación en complot directo con el aire calmado, disfruto de un dulce concierto natural, donde el instrumento principal era el sonido de las ramas de la palmera madre chocando sus hojas casi acorde a un ritmo secreto que de una manera peculiar llenaba el espíritu de la Princesa. No paso mucho tiempo antes de que descubriera secretos y veredas en ese lugar, trato de calmarlo, de apaciguarlo, retenerlo por una eternidad, pues la paz y el encanto de la seguridad en este lugar es tan indescriptible como incierta, pues ahora ella bien sabia que nada es para siempre, y que se tiene que disfrutar concientemente tanto deleite.

Tras la sombra de la roca gigante enmohecida, se escondían miles de flores de todos géneros y colores tomo un ramillete pequeño marchito de gardenias, y al tratar de animarlas con unas cuantas gotas de agua, el soplo y voz paciente de Laila retomaron una nueva vitalidad, regenerándose y envolviendo su cuerpo de una exquisita prenda blanca y larga, cuando todas las emociones la encontraron. Al pasar el tiempo de cordura y felicidad, tomo un pequeño pétalo de su vestido, y pensando en todas las cosas buenas y malas, alzó su mirada al horizonte del poniente, y con el soplo virtuoso se dejo llevar aquella pequeña hojuela por la vastedad y soledad del desierto.

Siempre hay una esperanza, inclusive en medio del desierto áspero y agresivo, que muchas veces a pesar de la intemperie y a pesar del pensamiento siempre un pétalo llegara para resguardarnos del frío y la hostilidad del mismo, al final de la línea, al principio del todo.

A Sulema con todo el cariño y entregando un poquito atrasado el regalo de cumpleaños

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